Por los pecados mortales abrimos las puertas a los espíritus malignos. El pecado mortal es siempre grave ya que por uno solo de ellos concedemos a Satanás un derecho sobre nuestra alma e incluso sobre nuestra vida eterna, si la muerte nos sorprende sin haber lamentado o confesado dicho pecado.
Se trata de las obras de la carne de que nos habla san Pablo en su carta a los Gálatas (Gal 5, 19-21): fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, discordia, envidia, cólera, ambiciones, divisiones, disensiones, rivalidades, borracheras, orgías y cosas por el estilo.
Dicho de otro modo, todas las acciones por las cuales se desobedece gravemente a los mandamientos de la Ley de Dios y a los de la
Iglesia.
3. ¿Hay unos pecados más graves que otros?
Ciertamente: los que atentan contra Dios en su honor como la blasfemia, la superstición, el espiritismo, la magia y la adivinación, y que Él abomina (Dt 18) . Uno solo entre ellos (incluso por juego, imprudencia o ignorancia) puede abrir y ofrecer al demonio una brecha fatal.
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