LA GRANDEZA DE LOS SANTOS ÁNGELES Y LA PERFECCIÓN DE SU PRÍNCIPE

 

Sermón sobre la creación de los ángeles, sus diferentes grados de perfección y la grandeza del primero entre ellos.

Hermanos, cuando contemplamos la grandeza de la creación de Dios, nuestra inteligencia apenas puede alcanzar una pequeña parte de las maravillas que el Señor ha dispuesto en el universo. Entre todas sus criaturas, los santos ángeles ocupan un lugar excelentísimo. Son espíritus puros, dotados de inteligencia, voluntad y una naturaleza superior a la nuestra.

¡Cuán inmensa debe ser aquella corte celestial! El profeta Daniel nos permite vislumbrar su grandeza cuando contempla millares de millares de servidores delante del trono divino:

«Miles de millares le servían, y centenares de millares asistían ante su presencia».

¡Qué multitud tan admirable! ¡Qué orden tan perfecto! ¡Qué majestad rodea el trono de Dios!

El número de los ángeles supera cuanto nuestra imaginación puede abarcar. Así como los cielos exceden inmensamente a la tierra, la multitud de aquellos espíritus celestiales sobrepasa a todas las criaturas que habitan en los mares y en la tierra.

Dios, en su infinita sabiduría, creó a los ángeles con diferentes grados de perfección. Cada uno recibió dones, facultades y cualidades correspondientes al lugar que debía ocupar dentro de la creación.

Podemos comprenderlo mediante una comparación: un maestro cantero prepara unas piedras para las puertas, otras para las ventanas y otras para diferentes partes de un edificio. Cada pieza tiene su disposición y utilidad dentro de la obra. De manera semejante, Dios dispuso las distintas perfecciones de los espíritus celestiales para el orden y la armonía del universo.

La incomparable grandeza del primer ángel

Pero detengámonos ahora en una consideración que merece toda nuestra atención.

Si existen tantos grados de excelencia entre los espíritus celestiales, ¿cuál sería la hermosura, la inteligencia, el poder y la sabiduría de aquel que ocupaba el primer lugar entre todos ellos?

¡Qué dones tan extraordinarios habría recibido de su Creador! ¡Qué nobleza en su naturaleza! ¡Qué inteligencia tan elevada! ¡Qué capacidad para comprender las maravillas de Dios!

El autor nos invita a considerar que aquel espíritu ocupaba el grado supremo entre las criaturas angélicas y que su excelencia servía como referencia para comprender las perfecciones de los demás.

Por eso recuerda las expresiones de las Sagradas Escrituras:

Ezequiel lo llama «sello de la semejanza de Dios».

Isaías lo compara con el lucero, por su resplandor entre los seres celestiales.

Y el libro de Job lo presenta como «principio de los caminos de Dios».

¡Qué dignidad tan elevada había recibido de su Creador!

 La primera contemplación de los ángeles

Imaginemos ahora aquel primer instante de su existencia, cuando los espíritus celestiales abrieron por primera vez los ojos de su entendimiento y contemplaron las maravillas de su propia naturaleza.

¡Qué admiración debieron experimentar al reconocerse dotados de inteligencia, hermosura y perfecciones tan extraordinarias!

Y, por encima de todas las criaturas, se encontraba Dios, su Creador, de quien procedían todos sus dones.

Aquí debemos detener nuestra consideración y preguntarnos:

¿Qué hacemos nosotros con los talentos y las cualidades que hemos recibido de Dios?

Los ángeles fueron creados con grandes perfecciones y nosotros también hemos recibido dones que debemos emplear para servir al Señor.

La inteligencia debe conducirnos a conocerlo; la voluntad debe impulsarnos a obedecerlo; y todas nuestras facultades deben estar ordenadas a su gloria.

No debemos olvidar jamás que toda excelencia procede de Dios y que ninguna criatura puede atribuirse como propia la gloria de su Creador.

🙏 Pidamos al Señor la gracia de vivir con humildad, reconocer los dones que hemos recibido y emplearlos fielmente en su servicio, para que un día podamos contemplar junto

 a los santos ángeles la majestad de nuestro Dios. Amén.

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