un padre que amaba profundamente a su hijo. Desde pequeño había procurado enseñarle el camino del bien. Le hablaba de Dios, de sus mandamientos y de la vida eterna. Le advertía que los placeres de este mundo son pasajeros y que, después de esta vida, cada hombre tendrá que dar cuenta de sus obras.
Pero el hijo no quiso escuchar a su padre.
Poco a poco se apartó del camino recto. Se dejó llevar por sus pasiones, por el amor al dinero, por la ira, por la soberbia, por la envidia y por toda clase de placeres desordenados.
El padre veía con tristeza cómo su hijo se alejaba de Dios. Muchas veces intentó corregirlo y hacerle comprender el peligro en que se encontraba, pero el joven despreció sus consejos.
Hasta que llegó el día terrible.
Una tarde, mientras el padre se encontraba en casa, escuchó a lo lejos un ruido espantoso. Parecía el estruendo de unas ruedas pesadas avanzando sobre la tierra.
Salió a mirar y vio algo que jamás habría podido imaginar.
El carruaje del infierno había venido a buscar a su hijo.
No era un carruaje como los de este mundo. Era un carro oscuro y terrible, tirado por caballos negros y conducido por demonios. Sus ruedas parecían arder y de ellas salían llamas y humo.
El hijo salió de la casa y, al contemplarlo, comprendió inmediatamente lo que estaba sucediendo.
Sabía adónde iba.
Conocía los mandamientos de Dios. Había conocido el camino del bien. Había recibido advertencias y gracias suficientes para arrepentirse, pero había elegido voluntariamente apartarse de Dios.
Subió al carruaje y se colocó delante.
Entonces ocurrió algo todavía más espantoso.
Detrás de él comenzaron a aparecer unas figuras monstruosas.
Eran sus propios pecados.
Cada pecado había tomado una forma horrible.
La lujuria apareció como un monstruo de aspecto repugnante, recordándole todos los deseos desordenados con los que había ofendido a Dios.
La avaricia apareció cargada de riquezas, mostrando las cosas materiales que había amado más que a Dios.
La ira apareció como una criatura llena de furor, recordándole todos los rencores, insultos y deseos de venganza que había alimentado.
La soberbia apareció como un monstruo gigantesco, recordándole todas las veces que había despreciado a los demás y se había colocado por encima de ellos.
La envidia caminaba detrás con un rostro deformado por la amargura, recordándole las veces que había sufrido por el bien de los demás.
La pereza avanzaba lentamente, cargando sobre sus espaldas todas las buenas obras que había podido hacer y que voluntariamente había dejado de hacer.
También aparecieron otros pecados, y cada uno tomó forma de monstruo.
Todos marchaban detrás del joven.
Aquello que durante la vida había parecido pequeño y sin importancia, ahora se había convertido en una terrible procesión de acusadores.
El joven iba delante del carruaje porque sabía perfectamente los tormentos que le esperaban.
Entonces los demonios comenzaron a recordarle sus pecados:
«¡Miserable! ¿Recuerdas las gracias que recibiste de Dios?
Podías haber alcanzado el Paraíso. Podías haber gozado de la felicidad celestial. Podías haber sido compañero de los bienaventurados.
Pero no quisiste amar a Dios. No quisiste obedecer sus mandamientos. Seguiste tus propias pasiones y diste la espalda a tu Creador».
El joven miró hacia atrás.
Allí estaban sus pecados convertidos en monstruos.
Comprendió entonces que aquellas criaturas eran, en cierto modo, la imagen de todo aquello que había elegido durante su vida.
El carruaje continuó avanzando.
A su alrededor aparecían fuego, hielo, azufre y profundas tinieblas. Los demonios le mostraban los tormentos que le esperaban.
El fuego del infierno era tan terrible que todo el fuego del mundo, reunido en un solo lugar, parecería apenas una pintura comparado con él.
Y uno de los demonios comenzó a decirle:
«Podías haber ido al Paraíso.
Podías haber gozado de la felicidad eterna.
Podías haber vivido como verdadero hijo de Dios.
Pero ahora eres esclavo de aquello que elegiste.
Recordarás para siempre las gracias que despreciaste».
El padre contemplaba aquella escena con el corazón destrozado.
Veía cómo el carruaje se llevaba a su hijo y cómo detrás de él marchaban sus propios pecados, convertidos en monstruos.
Entonces comprendió la terrible diferencia entre los dos caminos.
Al infierno se va como en carruaje: rápidamente, sin esfuerzo, dejándose llevar por las pasiones y por el pecado.
Al Paraíso, en cambio, hay que caminar. Hay que luchar, esforzarse, humillarse, arrepentirse y hacer penitencia.
Las puertas del cielo son estrechas y no se entra por ellas llevando voluntariamente las cadenas del pecado.
El camino fácil puede conducir rápidamente a la perdición.
El camino de la salvación exige sacrificio, pero conduce a la vida eterna.
El carruaje continuó alejándose hasta desaparecer entre las tinieblas.
El padre permaneció de rodillas, llorando y rogando a Dios por su hijo.
Y aquella terrible visión quedó como una advertencia:
Mientras el hombre vive, todavía puede arrepentirse.
Todavía puede abandonar el pecado.
Todavía puede volver a Dios.
Pero no debe esperar hasta que llegue el momento en que el carruaje venga a buscarlo.
Porque cada pecado que se ama y se conserva voluntariamente puede convertirse en una cadena, y aquello que parecía un pequeño placer durante la vida puede convertirse en una terrible acusación ante la eternidad.
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