Las penas del infierno son tan grandes y espantosas que solamente ver a un demonio con su horrible aspecto bastaría para hacer morir a un hombre en el acto, aunque tuviera mil vidas.
Los condenados son atormentados continuamente con fuego, hielo, azufre y otros tormentos, mientras contemplan horribles visiones de los demonios y escuchan continuas blasfemias contra Dios y contra todas las criaturas.
Los demonios les reprochan sus pecados y les dicen:
«¡Miserables! He aquí el fin y la recompensa de vuestros placeres y delicadezas. No quisisteis amar a vuestro Dios ni guardar sus mandamientos; seguisteis a Baal y disteis la espalda a vuestro Creador.
Bien merecéis estos tormentos. Jamás veréis a Dios y seréis privados para siempre de los gozos celestiales. Aquí seréis atormentados eternamente».
Además, les hacen recordar las innumerables gracias y beneficios que recibieron de Dios, no para consolarlos, sino para aumentar todavía más su tormento.
Les recuerdan que pudieron alcanzar el Paraíso, gozar de la felicidad celestial y ser compañeros de los bienaventurados, pero que, por sus pecados, perdieron aquella dicha.
«Podíais tener la libertad de los hijos de Dios, pero ahora sois esclavos de los demonios y condenados al fuego inextinguible.
Si sufrís estas penas, las merecéis, porque despreciasteis las gracias de Dios y no quisisteis amarle ni obedecer sus mandamientos».
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