Se cuenta que un cristiano, que era maestro, vivía cerca de una sinagoga de los judíos.
Al abandonar la casa en la que había vivido, dejó allí una imagen de Cristo crucificado, que veneraba secretamente en sus oraciones.
Cuando los judíos encontraron la imagen, llamaron a muchos otros y la clavaron con clavos nuevos, renovando contra ella los sufrimientos de la Pasión del Señor.
Al llegar el momento en que abrieron el costado de la imagen con una lanza, brotaron inmediatamente sangre y agua.
Los judíos recogieron aquel líquido en una vasija y, llenos de asombro, ungieron con él a sus enfermos. Todos quedaron curados.
Después, al contar lo sucedido al obispo, fueron bautizados, y la sinagoga fue consagrada como iglesia.
Cuando preguntaron al cristiano de dónde había obtenido aquella imagen, respondió que Nicodemo, al morir, la había dejado a Gamaliel; Gamaliel, a Zaqueo; y Zaqueo, a Santiago.
Así, mediante sucesivas generaciones, había llegado hasta él, quien la conservaba en secreto y la veneraba con devoción.

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