no siquiera hablemos de nosotros mismos para despreciarnos y
disminuirnos, porque el amor propio es tan traicionero, que con tal de hacernos
hablar de nuestra propia persona no le interesa que sea con pretexto de
despreciarse, que al fin y al cabo lo que se busca es aparecer y ser
protagonista, aunque tenga que usar el disfraz del propio desprecio.
Del prójimo o se habla bien o no se habla. En esto como en todas
nuestras conversaciones deberíamos practicar esta regla o norma que aconsejaban
los antiguos directores espirituales:
"Si hablamos, que sea para decir algo que sea mejor que el silencio".
A una santa le pareció oír en una visión que su ángel de la guarda le daba este
consejo: "Nunca diga un juicio
negativo en contra de nadie", lo cual viene a ser como el equivalente
a aquel mandato de Jesús: "No
condenen y no serán condenados por Dios" (cf. Mt 7, 1).
Y
cuando oigamos que hablan mal de otras personas cumplamos lo que recomendaba el
sabio de la antigüedad: "Hacer una
cara tan triste que pareciera que vamos a llorar". Quien está hablando
en contra de su prójimo notará en nuestro rostro que su conversación nos
desagrada y ya quizás no se animará a seguirla. Un sacerdote que tenía fama de
ser un verdadero hombre de Dios, al oír un día un colega hablar mal de otro le
dijo: "¿Y usted qué gana con decir
eso?". El otro entendió y calló. Hagámonos esa pregunta cuando nos
venga el deseo de hablar contra alguien. "Y yo ¿qué gano con decir
eso?".
De Dios y de sus obras y favores hablemos con gusto, y cumplamos lo que le
dijo el ángel Rafael a Tobías: "No
hay que avergonzarse jamás de contar los favores que se han recibido de
Dios". Pero como en estos temas somos más bien gente algo ignorante,
prefiramos oír a otros que hablen mejor que nosotros, cuando haya quien quiera
proclamar las maravillas de nuestro Creador.
Así
cumpliremos lo que aconseja el Libro del Eclesiástico: "Toda buena conversación acerca de Dios, oigámosla con
gusto".
Los temas mundanos y dañosos, ni los
nombremos. En esto es necesario cumplir lo que mandó el apóstol san Pablo: "Las impurezas, las maldades, los
temas que llevan a la avaricia, ni se nombren entre nosotros", porque
queremos llegar a la santidad. En nuestros labios no están bien las groserías,
las chanzas pesadas ni las mentiras, sino las acciones de gracias (cf. Ef 5, 4). Las palabras inmodestas
aunque se digan sin mala intención pueden hacer daño a las personas débiles que
nos escuchan. Los labios dedicados a alabar y bendecir a Dios no deben
dedicarse a hablar maldades o cosas dañosas. Por eso el apóstol Santiago
exclama: "Jamás debe suceder que la
lengua, con la cual bendecimos a Dios, se dedique a maldecir a los demás.
Que de esta fuente de la cual solamente deben brotar las aguas dulces de la
bendición, jamás salgan las aguas amargas de la maldición" (cf.
St 3,
9).
Ojo: antes de hablar: conecte el cerebro. Los sabios siempre han
recomendado que quien desea llegar a la perfección tiene que acostumbrarse a
que cada palabra que llega a sus labios, pase primero por su cerebro, para que
allí se juzgue si se la debe pronunciar o si más bien conviene callarla. Muchas
cosas que en el calor de la conversación parece a primera vista que se pueden
decir, si se razona calmadamente se llega a la conclusión de que lo mejor será
sepultarlas en el silencio, y en vez de decirlas, suprimirlas. Es necesario callar muchas veces esas
vivezas que nos ocurren, porque lo impulsivo no siempre es lo mejor y
frecuentemente es lo menos conveniente. Los directores espirituales preguntan
frecuentemente a las personas que dirigen: "¿Cuántas abstinencias de
palabras ha hecho en estos días por la salvación de las almas y como penitencia
de sus pecados?". Porque saben muy bien que si alguien domina la lengua,
logrará más fácilmente dominar también impulsos. Desafortunadamente a muchos de
nosotros tendrían que decirnos frecuentemente: "Hoy perdió la oportunidad
de callar algo que no debía decir".
EL SILENCIO. Uno de los remedios más provechosos para formarse una
verdadera personalidad es acostumbrarse a callar lo que no es necesario decir: "Hablen menos y serán más felices" les decía un
maestro espiritual a sus discípulos. Quien se acostumbra a disciplinar y
refrenar su lengua para que no diga lo que no conviene, va adquiriendo con este
ejercicio de voluntad la capacidad para conseguir después grandes victorias
espirituales. De santo Domingo de Guzmán dice su primer biógrafo: "Era de
pocas palabras cuando se hablaba de temas mundanos. Pero cuando trataban de
Dios, de temas religiosos y espirituales entonces sí que hablaba con
entusiasmo".
Remedios para conseguirlo. Para lograr acostumbrarse a guardar
silencio es muy provechoso pensar y meditar en las grandes ventajas que se
consiguen callando y en los males que llegan por hablar más de la cuenta. El
silencio ayuda mucho para obtener el recogimiento en la oración. El Apóstol
Santiago decía: "Quien sabe poner
freno a su lengua, sabrá también poner freno a las demás inclinaciones de su
cuerpo" (St 3, 2). Pero
añade enseguida: "La lengua no
mortificada es como una chispa que prende fuego a todo un cañaveral, o como un
veneno que contamina toda la existencia de quien le posee".
Si
de la vida de algunas personas se quitaran los pecados que han cometido con su
lengua, disminuirían muchísimo el número de faltas y la cantidad de disgustos
que han tenido y que han proporcionado a los demás.
A callarse aprende callando. Unos estudiantes universitarios le
pidieron a un famoso monje que les aconsejará un método para aprender a dominar
sus propias inclinaciones, y él por única respuesta se hizo una cruz sobre los
labios. Les quería decir que si lograban dominar su lengua, ya lograrían
también dominar luego las otras inclinaciones. Es necesario callar algo cada día. Algo que el no decirlo no nos
hace daño a nosotros ni a los demás. Ojalá cumplamos lo que recomienda el Libro
del Eclesiastés: "Sean pocas tus
palabras" (Ecl 5, 1-2). Pero que sean pocas y amables; pocas y
agradables; pocas y alegres. Pocas y provechosas. No sea que nos suceda lo que
a ciertas personitas que hablan poco pero cuando abren sus labios es para
regañar, para criticar para amargar la vida de los demás. Mala impresión dan
con ese modo de hablar, que aunque es poco, es desagradable.
CUIDADO CON EL MUTISMO
Existen individuos que confunden el ser de pocas palabras con
el tener un desagradable mutismo en su trato con los demás. Un mutismo
amanerado, artificial, exagerado, que los hace aparecer como muy informados de
todo lo que los demás dicen, o como si no les interesara nada la conversación
que tienen los que están a su alrededor. Pero afortunadamente hay también
personas que hablan muy poco pero le conceden tanta importancia a lo que dicen
los demás, que su trato llega a ser verdaderamente agradable y simpático. Quien
convierte en oro lo que dicen los otros, se gana su simpatía. Pero quien se
porta en las conversaciones como una estatua que ni habla ni parece atender a
lo que dicen los demás, se vuelve indeseable. Una pregunta a tiempo. Un apoyar
lo que el otro dice. Un mostrar interés por el tema que están tratando, etc.,
hace que aunque se hable poco, agrade la propia presencia.
Una placa. Al pie de una imagen en
un camino había esta bella inscripción:
"Señor: enséñanos a orar y a escuchar. A hablar y
a callar". Bella
oración, digna de que la repitamos muchísimas veces durante toda nuestra vida.
Cuando
los enemigos del alma no logran que una persona viva cometiendo pecados graves,
por lo menos tratan de que viva llena de inquietudes, y preocupándose por mil
cosas. Y es necesario recordar que cuando se pierde la paz del corazón hay que
hacer todos los esfuerzos posibles para recobrarla, y tratar de que nada en el
mundo logre obtener que vivamos llenos de inquietudes o de afanes. Tenemos que
considerar como dichas para nosotros aquellas palabras que fueron dichas en
tiempos del profeta Elías: "El
Señor no está en la conmoción y agitación" (1R 19, 9) y hacer a nuestra alma el reproche que ha Marta le
hizo Jesús: "Por muchas cosas te
afanas y una sola es necesaria".
Arrepentimiento pero no remordimiento. Cuando cometemos faltas
debemos sentir una suave tristeza de haber ofendido a un Dios tan bueno y que
ha sido tan generoso para con nosotros. Sentir hacia nuestra alma manchada y
derrotada la misma conmiseración que tendríamos hacia una persona que estimamos
mucho y que vemos que ha caído en faltas y pecados. Pero el arrepentimiento ha
de ser calmado, sin exageradas inquietudes ni falta de ánimo. Porque esto
último ya no sería arrepentimiento o contrición verdadera por haber ofendido a
Dios, sino remordimiento o disgusto porque nos fue mal pecando.
PACIENCIA EN LAS CONTRARIEDADES
La
paciencia, según santo Tomás, es la virtud por la cual ante la presencia del
mal no nos dejamos vencer por la tristeza o el disgusto. Jesús puso como
condición para seguirlo el llevar con paciencia la cruz de sufrimientos de cada
día. Y éstos nunca faltarán a nadie. Unas veces será una enfermedad, otras una
grave situación económica, o un accidente, o la muerte de un ser querido, o una
persona que nos trata sin caridad o con dureza o humillándonos, o un oficio que
es cansón y desagradecido, o viajes molestos, o situaciones imprevistas que
acaban con todos nuestros planes etc.
TRES ACTITUDES
Ante estas contrariedades podemos tomar una de estas tres
actitudes:
1a. La de Jesús en el huerto de los Olivos: clamar: "Padre, si no
es posible que se aleje de mi este cáliz de amargura, que se haga tu santa
voluntad". Esta actitud trae paz en la tierra y premios inmensos en el
cielo. Y como a Jesús, el Padre nos enviará un ángel a consolarnos.
2a. Actitud: La de los antiguos estoicos. Aguantar los males sin inmutarse,
por el sólo gusto de hacer ver que el mal no logra conmoverlo ni contrariarlo.
Esta actitud admira a la gente, pero por faltarle el detalle de ofrecerlo todo
por amor a Dios, se les puede quedar sin mucho premio para el cielo.
3a. Actitud: La de los renegados. Sufren maldiciendo y
renegando. De ellos dice el Apocalipsis que los sufrimientos que les llegan no
les aprovechan para volverse mejores y pagar sus pecados, sino que los vuelven
peores y más maldicientes. Ejemplo clásico es el del mal ladrón que aún sufriendo
en la cruz, todavía se burlaba de Jesús en vez de pedirle perdón y ofrecerle
sus sufrimientos, (todo lo contrario de lo que hizo su compañero que aprovechó
aquellos tormentos para ofrecerlos a cristo y obtener que se lo llevara esa
misma tarde al Paraíso).
¿Por qué permitirá Dios que suframos? El sufrimiento que nos
llega no es una venganza de Dios. Él es demasiado grande para dedicarse a
vengarse de unos gorgojos tan pequeños como somos nosotros. Por cada falta
impone una sanción, pero no como venganza, sino por estricta justicia. Los
sufrimientos que nos llegan no significan que Dios no nos está escuchando ni
que está disgustado con nosotros. No. Los padecimientos los permite Él para que
le vayamos pagando las deudas que le tenemos por tantas faltas que hemos
cometido y para que con ellos nos ganemos grandes premios para el cielo.
Prever lo que va a suceder. Para no estallar en impaciencia
cuando llegan las contrariedades es conveniente acostumbrarse a prever qué
dificultades se nos van a presentar durante el día. ¿Que en un viaje que vamos
a hacer se nos van a presentar demoras muy aburridoras? Pues si las hemos
previsto, cuando lleguen ya no nos irritarán tanto porque nos habíamos
preparado para aguantarlas. Y así tendremos menos inquietud.
Recordar que todo se convierte en bien. Convenzámonos que las
contrariedades y dificultades que se nos presentan no son en realidad males,
sino ocasión de conseguir bienes para el alma y para la eternidad. Puede ser
que los fines por los cuales Dios permite que estos sufrimientos nos lleguen,
permanezcan ocultos y desconocidos para nosotros, pero podemos estar seguros de
que al final de nuestra vida, al llegar a la eternidad, podremos repetir lo que
les dijo José en Egipto a sus hermanos que lo habían vendido como esclavo:
"Fue Dios el que permitió esto que parecía un gran mal. Y lo permitió
porque de ello iba a resultar un gran bien" (Gn 45). Recordar esto, libra de muchas inquietudes.
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