¿donde están nuestras oraciones hechas, nuestras comuniones devotas, nuestras misas santamente oídas, nuestra resignación y conformidad con la voluntad de Dios en las penas, nuestra caridad con los enemigos?. ¿Será posible que hagamos tan poco caso de un alma tan bella, a la cual Dios amó más que a si mismo, pues murió por salvarla?.
¡Ay!, amamos al mundo y sus placeres; en cambio, todo cuando se refiere a la gloria de Dios o a la salvación del alma, nos enoja y nos fastidia y llegamos hasta a quejarnos cuando nos vemos forzados a ejecutarlo.
¡Cual será nuestro remordimiento otro día! ... En apariencia, parece que el mundo nos proporciona algún placer, pero nos equivocamos. Escuchad lo que nos dice San Juan Crisóstomo, y veréis cómo es más feliz el que se preocupa de salvarse, que el que sólo corre en busca de !os placeres y deja abandonada su pobre alma. «Mientras dormía, nos dice este gran Santo, tuve un sueño muy singular, el cual, al despertarme, me ofreció muchos motivos de reflexión y meditación delante de Dios.
En aquel sueño, vi un paraje delicioso, un valle agradable, en el cual la naturaleza había reunido todas las bellezas, todas las riquezas y todos los placeres capaces de complacer a un mortal. Lo que más me admiró, fue ver en medio de aquel valle de delicias a un hombre con el semblante triste, el rostro alterado y el espíritu preocupado; por su talante se adivinaba la turbación y la emoción de su alma: unas veces permanecía inmóvil; mirando fijamente al suelo, otras andaba a grandes pasos , con aire extraviado; otras se paraba repentinamente, exhalando profundos suspiros; sumiéndose en honda melancolía, rayana en la desesperación. Contemplando todo aquello atentamente, vi que aquel valle de delicias terminaba en un espantoso precipicio, en una sima inmensa hacia donde parecía verse aquel hombre arrastrado por una fuerza extraña.
A pesar de tantas delicias, aquel
hombre se mostraba agitado, pues, a la vista de aquellos abismos, le era
imposible disfrutar un sólo momento de paz y de alegría. Mas, dirigiendo mi
vista hacia lo lejos, vi otro lugar de aspecto totalmente distinto del valle
que os he descrito: era un valle sombrío y oscuro, formado por abruptas
montañas y estériles desiertos; la sequedad mas desoladora dominaba enteramente
en aquellos parajes; nada de vegetación ni de frondosidad, sólo zarzas y
espinas; todo inspiraba tristeza, desolación, horror. Pero fue grande mi
sorpresa cuando divisé en aquel valle a un hombre pálido, enjuto, extenuado, y
sin embargo, con el rostro sereno, el aspecto tranquilo y el aire satisfecho; a
pesar de la apariencia exterior no muy gallarda, todo hacía adivinar que se
trataba de un hombre que disfrutaba de la paz del alma; pero, mirando aún más a
lo lejos, vi, al extremo de aquel valle de miserias y de aquel horroroso desierto,
un sitio delicioso, un agradable rincón donde se descubría toda suerte de
bellezas. El hombre contemplaba sin cesar aquel extremo sin perderlo jamás de
vista, andaba con decisión, sin detenerse ante los estorbos de las zarzas y
espinas que a veces llegaban a herir sus carnes; las llagas parecían avivar sus
fuerzas. Admirado al ver todo aquello, pregunté por qué causa el uno estaba tan
triste en un lugar de placeres y el otro tan tranquilo en una mansión de
miserias. Entonces oí una voz que dijo: «Estos dos hombres son,
respectivamente, la imagen de aquellos que están enteramente entregados al
mundo, y de los que se consagran sinceramente al servicio de Dios. El mundo, me
dijo aquella voz, ofrece desde el primer momento a sus seguidores la riqueza y
el placer, a lo menos en apariencia: los incautos se entregan a ellos
inconsiderablemente; pero pronto han de reconocer que no hallaron lo que
pensaban. Lo más triste y desalentador es que al final se encuentran
indefectiblemente con un abismo donde van a precipitarse cuántos andan por
aquella senda en apariencia tan agradable. El otro, continuó la voz,
experimenta en si mismo todo lo contrario: y es que, en el servicio de Dios,
háyanse ante todo pruebas y penalidades, debe habitarse en un valle de lágrimas;
hay que mortificarse, hacerse violencia, privarse de las dulzuras de la vida,
pasar los días en grande apretura. Pero el espíritu se anima ante la vista y la
esperanza de un porvenir enteramente feliz; dura es la vida del hombre que mora
en aquel valle triste, más el pensamiento de la felicidad que le aguarda le
consuela y le sostiene en todas sus luchas. Todo es consolador para el, y su
alma comienza ya a gustar de los bienes prometidos que le esperan y de los
cuales pronto gozará eternamente».
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