Habiendo muerto nuestro Redentor, dice un autor piadoso, el primer pensamiento de la Madre de Dios fue acompañar a su Hijo y presentarlo al Padre eterno. Debió decirle María: Te presento, Dios mío, a tu Hijo e hijo mío, que ya te ha obedecido hasta en la muerte; recíbelo entre tus brazos. Ya está satisfecha tu justicia y cumplida tu voluntad; ya está consumado el gran sacrificio digno de tu eterna gloria. Y después, mirando el cuerpo muerto de su Jesús, diría: Oh llagas, llagas de amor, yo os adoro y con vosotras me congratulo, ya que por vuestro medio se ha realizado la salvación del mundo. Quedaréis abiertas en el cuerpo de mi Hijo para ser el refugio de aquellos que en vosotras se amparen. ¡Cuántos por vosotras recibirán el perdón de sus pecados y por vosotras se inflamarán en amor del sumo bien!
Para que no se perturbase la alegría del sábado pascual, querían los judíos que fuera bajado de la cruz el cuerpo de Jesús; pero como no se podían bajar los ajusticiados si no estaban muertos, por eso vinieron algunos con mazas de hierro a romperle las piernas, como de hecho lo hicieron con los dos ladrones. Y María, mientras estaba llorando la muerte de su Hijo, vio aquellos hombres armados que venían contra su Hijo. Y al verlos, primero tembló de espanto y después les dijo: Mirad que mi Hijo ya está muerto; no le ultrajéis más y no sigáis atormentándome a mí, su pobre madre. Les suplicó que no le quebrantasen las piernas, dice san Buenaventura. Pero mientras les estaba diciendo esto, vio que un soldado le da violentamente una lanzada y con ella le abre el costado a Jesús. “Uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua” (Jn 19, 34).
Al golpe de la lanza retembló la cruz y el corazón de Jesús quedó abierto, como le fue revelado a santa Brígida. Salió sangre y agua que aún le quedaba y también la quiso derramar el Salvador para darnos a entender que no tenía más sangre que darnos. El ultraje de esta lanza fue para Jesús, pero el dolor fue para María. Dice Lanspergio: Compartió Cristo con su Madre su sufrimiento de esta herida, de modo que él recibió el ultraje y María el dolor. Afirman los santos padres que esta fue la espada que predijo a la Virgen el santo anciano Simeón; espada no de acero, sino de dolor que traspasó su alma bendita al traspasar la lanza el corazón de Jesús donde ella siempre moraba.
Así dice, entre otros, san Bernardo: La lanza que atravesó su costado atravesó a la vez el alma de la Virgen, que no podía separarse de él. Reveló la Madre de Dios a santa Brígida: Al sacar la lanza, estaba teñido el hierro con la sangre. Entonces me pareció como si mi corazón se viera traspasado al ver el corazón de mi Hijo traspasado. Dijo el ángel a santa Brígida que fueron tantos y tales los sufrimientos de María, que no murió por milagro de Dios. En los demás dolores tenía al menos al Hijo que la compadecía; en éste no tenía al Hijo que la pudiera consolar.

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