Yo, me
coloco en la presencia de Jesucristo y me someto a su Señorío. Me pongo la
armadura de Dios, para que
en el día
malo pueda resistir y permanecer firme a pesar de
todo. Me
mantengo firme tomando la verdad como cinturón,
la justicia como coraza; llevo el escudo de la fe y así puedo atajar las flechas incendiarias del demonio; acepto la salvación y la espada del Espíritu Santo, o sea, la Palabra de Dios.
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